Open banking suena, muchas veces, a concepto abstracto de conferencia fintech. En la práctica es bastante simple: es la posibilidad de que un usuario autorice explícitamente a una aplicación de terceros a acceder a sus datos bancarios —o a iniciar pagos en su nombre— mediante una API regulada, en vez de compartir sus credenciales o depender de que el banco construya cada función internamente.
Qué es, en términos simples
Antes de open banking, si querías que una aplicación externa viera tus movimientos bancarios para, por ejemplo, ofrecerte un análisis de gastos, la única forma técnica de hacerlo —antes de que existiera regulación al respecto— era compartir tus credenciales bancarias directamente con esa aplicación, algo que ningún banco ni ningún usuario informado debería aceptar. Open banking sustituye eso por un consentimiento explícito, revocable, y por una conexión técnica estandarizada y regulada entre el banco y el tercero.
Esto habilita dos cosas distintas: acceso a datos (ver movimientos, saldos, categorías de gasto) e iniciación de pagos (autorizar una transferencia directamente desde una aplicación externa, sin pasar por la banca online del banco).
A quién beneficia de verdad
El beneficio más citado es para el usuario: más competencia entre aplicaciones que compiten por ofrecerle el mejor servicio sobre los mismos datos, en vez de depender de lo que un solo banco decida construir. Pero el beneficio real es más amplio: permite que empresas más pequeñas compitan con bancos establecidos sin tener que replicar toda la infraestructura bancaria desde cero, apoyándose en la infraestructura regulada que ya existe.
Para los propios bancos, el cálculo es más ambiguo: open banking reduce su control exclusivo sobre la relación con el cliente, pero también les abre la puerta a convertirse ellos mismos en proveedores de infraestructura para terceros —un modelo de negocio distinto, no necesariamente peor.
Por qué la adopción va más lenta que la tecnología
La tecnología para conectar bancos y terceros mediante API lleva años madura. Lo que ha ido más lento es la adopción real por parte de los usuarios —y, en parte, la calidad desigual de las implementaciones técnicas de algunos bancos, que cumplen el requisito regulatorio mínimo sin invertir en que la experiencia funcione bien—.
A esto se suma un problema de confianza que no se resuelve solo con regulación: muchos usuarios no entienden todavía qué significa "autorizar acceso a mis datos bancarios a un tercero", y sin ese entendimiento, la adopción se queda por debajo de lo que la tecnología permitiría.
Hacia dónde va esto
La siguiente fase de open banking —a veces llamada "finanzas abiertas"— amplía el mismo principio más allá de las cuentas bancarias: seguros, inversiones, pensiones, bajo el mismo modelo de consentimiento explícito y APIs reguladas. Cuanto más se estandarice ese modelo entre países y sectores, más fácil será construir productos financieros que de verdad funcionen entre fronteras, en vez de estar atados a la infraestructura de un solo banco en un solo país.